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Publicidad ilegal e intrusismo profesional por Enrique Llobell

Parece que se haya acabado la odontología como profesión sanitaria, con tanto mercantilismo y muchos de nosotros no estamos dispuestos a perder la batalla. Sobre todo si nos sentimos apoyados por los jóvenes profesionales.

Es cierto que tenemos muchas cosas en contra. Tenemos en contra a la Comisión Nacional de la Competencia, una de nuestras mayores desgracias, que autorizan visitas y tratamientos gratuitos y por debajo de coste, destruyendo la calidad asistencial porque lo que menos les importa es la salud del paciente.

También tenemos en contra estas nuevas mercantiles que aparecen en nuestra profesión llamándose a sí mismas aseguradoras, cuando no aseguran nada, montan sus clínicas entre calcetines de grandes almacenes o entre hamburgueserías, qué más da, y confunden a sus asegurados, ya que éstos creen que se les asegura su boca, cuando lo único que hacen es derivarlos hacia una consulta dental propia en la que tendrán que abonar un precio por su tratamiento, muchas veces superior al de su dentista habitual.

Por supuesto tenemos en contra a las franquicias que realizan publicidad engañosa, vendiendo el bolso a trozos como ya hemos dicho, aprovechándose además de la “especial” normativa española.

También tenemos en contra al Gobierno, que ha hecho oídos sordos a nuestras quejas, creando facultades innecesarias y masificando la profesión en contra de la Organización Mundial de la Salud.

Por último, entre otros enemigos, también tenemos a los intrusos. Tenemos en la ciudad consultas abiertas por protésicos dentales que trabajan directamente en la boca de los pacientes, y que obtienen prescripciones de “compañeros” odontólogos para realizar las prótesis que directamente colocan. Otros “compañeros”, dejan en su consulta a los protésicos trabajando sobre sus pacientes mientras se van de compras, al cine o de viaje, o simplemente van sólo a recoger la caja.

Sin embargo la profesión de protésico dental es igual de digna que la nuestra, como la de enfermero es igual que la de médico, y pienso que es su colegio profesional quien debería perseguir a los malos, como nosotros perseguimos a nuestros malos, que en todas las profesiones ‘cuecen habas’. Mi abuelo fue protésico antes que odontólogo y tuvo dos hijos, uno se hizo protésico y el otro estomatólogo. El protésico de mi abuelo era Francisco Gascón,  padre de mi amigo estomatólogo tristemente fallecido Francisco Gascón Mayordomo, y mi padre es el padrino de su hermana. Quiero decir que muchas familias valencianas de odontólogos tienen sus raíces en los protésicos dentales, como los Monlleó, los Martínez Miñana, o nosotros, y mantenemos una gran relación de amistad con nuestros protésicos, en muchas ocasiones nuestra familia. Mi protésico Luis Maravall es un gran amigo a quien quiero y respeto, que ha pasado su vida trabajando jornadas larguísimas, incluyendo muchos sábados y algunos domingos. Los protésicos dignos y honrados forman parte de nuestra gran familia, como la forman las higienistas dentales y las auxiliares de clínica, y todos debemos velar porque la unión protésico-odontólogo se mantenga siempre con amistad, armonía e igualdad dentro de la ley. Seguiremos luchando porque nuestra profesión siga siendo una profesión sanitaria.

 

El origen del cepillo de dientes

Hoy en día en la práctica totalidad de las casas hay al menos un cepillo de dientes por persona, sin embargo y aunque pensemos que es algo común desde hace siglos, la realidad es que la universalización del uso del cepillo de dientes no tiene tantos años como el invento. Y es que aunque se pueda creer lo contrario el cepillo de dientes lleva ya muchos con nosotros. Eso sí, el más similar al de nuestros días apareció en 1938 (cepillo de nailon) como una evolución del creado originalmente en la corte imperial de China en 1498.

Diversas investigaciones indican que aunque previamente se utilizaban rudimentarios utensilios (palos masticables, ramas de areca, etc) para limpiar los dientes, el cepillo, prácticamente, como lo conocemos hoy en día surgió en el siglo XV, concretamente en China en 1498. El invento ‘imperial’ consistía en un mango de hueso al que se le habían cosido cerdas (extraídas de cerdos originarios de zonas frías ya que están eran más duras). Los mercaderes y las rutas comerciales hicieron llegar el ‘invento’ a Europa pero la extrema dureza de las cerdas jugaba en su contra y provocaba rechazo. Por ello, en el viejo continente no se llegaron a usar hasta el siglo XVII. Eso sí, con otro tipo de pelos más blandos como es el caso de los de caballo. Sin embargo, seguía siendo un producto reservado para reyes y clases altas ya que su coste era demasiado elevado.

El cepillo con cerdas artificiales como hoy lo conocemos no llegaría hasta bien entrado el siglo XX. Concretamente en 1938 cuando con el desarrollo del nailon se aplicó esta tecnología a los cepillos de dientes descartando así las cerdas de origen animal. Y es que desde el punto de vista de la higiene y la transmisión de bacterias estas presentaban problemas. Así lo puso de manifiesto Louis Pasteur con sus descubrimientos en el XIX. Gracias a sus investigaciones los odontólogos fueron conscientes de que dado que las cerdas animales se mantenían húmedas ello podía favorecer la aparición de bacterias y hongos microscópicos. A su vez, la dureza de las cerdas generaba más heridas por lo que el contagio y transmisión de las bacterias era más que factible. Así y como propugnaba Pasteur, la solución pasaba por la esterilización con agua hirviendo. Sin embargo, este proceso acababa ablandando en exceso y de forma permanente las cerdas de origen animal por lo que el cepillo quedada inservible a corto plazo.

 

En 1930 se descubrió el nailon y ocho años después se creó el primer cepillo de dientes con este material. Era el ‘Dr. West’s Miracle Tuft Toothbrush’. El nuevo cepillo de nailon presentaba múltiples ventajas. En primer lugar se secaba rápidamente con lo que se subsanaba el problema de la aparición de bacterias por humedad y con ello el riesgo de infección pero al mismo tiempo el nuevo material hacía que el cepillo fuese duro y flexible a la vez con lo que su uso era más agradable y efectivo.  Sin embargo, al principio su tacto era demasiado duro y en ocasiones ocasionaba heridas hasta que en 1950 consiguieron un cepillo más blando. Era el cepillo Park Avenue que cuadriplicaba el precio del original. Posteriormente en 1961 llegaría el primer cepillo eléctrico (broxodent). Y desde ahí hasta ahora este útil invento no ha sufrido grandes variaciones salvo mejoras de diseño y múltiples posibilidades de productos.

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